É-B-O-L-A
En
ocasiones una simple palabra, tan solo una sencilla y aleatoria combinación de
letras inicialmente carente de significado, puede instalarse en el irracional
imaginario colectivo de toda una sociedad y generar un miedo que trascienda más
allá del hecho real al que describe. Sin duda, el temor ante lo incomprensible,
la desconfianza ante lo desconocido, no es sino una característica intrínseca a
la propia naturaleza humana que con frecuencia nos ha sido muy útil para la
supervivencia como especie. Sin embargo, en otros muchos casos, el terror
irracional se comporta como un pesado lastre que nos aleja del pensamiento
lógico y nos arrastra, situándonos junto al resto de animales, hacia las
conductas instintivas más básicas. Sin los atenuantes del terror que en muchos
de nosotros provoca la sola mención del ébola y del desconocimiento de qué y
cómo se desarrolla esta enfermedad, sería muy difícil entender que el hombre
renuncie a su pensamiento racional, a su empatía y a su solidaridad. Tan
difícil como comprender que en el aeropuerto de una ciudad catalogada como del
“primer mundo” se deje agonizar lentamente a un semejante, o que las familias
de un colegio estigmaticen a unos niños por el hecho de que sus progenitores
hayan atendido a una persona afectada por la enfermedad. Afortunadamente el
propio ser humano ha encontrado un antídoto adecuado capaz que apaciguar y
dotar de cierta coherencia a muchos de estos temores irracionales: el análisis
científico.
Aunque
la palabra ébola parezca una adquisición muy reciente de nuestro vocabulario en
realidad la enfermedad se conoce desde hace ya casi cuarenta años. Durante el
año 1976 se originaron dos epidemias casi simultáneas en el continente africano
que, ocasionando una mortalidad superior al 70%, terminaron con la vida de 434
personas. Hecho que no solo constituyó una espectacular carta de presentación para
el ébola sino que además lo encumbró como una de las enfermedades infecciosas
más mortíferas para el ser humano. El causante de tan terrible enfermedad es un
virus, un ente microscópico situado en el estrecho límite que separa a los seres
vivos de la materia inerte, y cuyas limitaciones para auto-replicarse lo han
dirigido de forma inexorable hacia el parasitismo. Un virus posee las
instrucciones para fabricar más virus, pero carece de los materiales y de la
maquinaria para poder hacerlo, así que no tiene más remedio que infectar a una
célula. La célula infectada utiliza sus propios recursos para hacer copias del
virus que la parasita, y paga con su vida la involuntaria osadía de ayudar al
patógeno.
Varias
han sido las epidemias de ébola conocidas desde su dramática aparición a
mediados de los años setenta, mostrando siempre un curioso patrón. La enfermedad
se manifiesta de forma brusca e intensa, afecta en muy poco tiempo a muchos
individuos de una población concreta, y se esfuma tan repentinamente como
apareció. Los investigadores han encontrado una posible explicación a tan
peculiar comportamiento: básicamente el virus del ébola ¡“muere” de éxito!
El objetivo de cualquier virus es propagarse por una población, y para ello necesita que el individuo infectado sea capaz de transmitir nuevos virus a sus congéneres sanos, cuyas células servirán de fábricas en las que crear nuevas copias del patógeno. Así actúa el virus del herpes, el de la hepatitis e incluso el del sida; la estrategia de mantener largo tiempo con vida al hospedador infectado permite a los virus utilizarlo como perenne plataforma de lanzamiento hacia otras posibles víctimas y sostener largo tiempo la epidemia. Pero a diferencia de estos virus más clásicos, el ébola no parece respetar los tiempos de una infección normal, y se replica a gran velocidad en un breve lapso de tiempo. De esta forma los daños que produce en el enfermo son de tal magnitud que rápidamente lo conducen a la muerte, limitando así las posibilidades de contagio y disminuyendo el riesgo de propagación del virus. La trasmisión del virus del ébola solo se produce por contacto directo con ciertos fluidos que contienen elevados niveles del parásito, como los vómitos, la sangre, la saliva o el sudor, y siempre en estadios muy avanzados de la enfermedad, cuando el individuo se encuentra muy debilitado y, generalmente, postrado en la cama. Este es el motivo por el que sus víctimas potenciales se encuentran entre las personas que cuidan y tratan al enfermo en esta última fase: la familia y el personal médico. Pero también es la causa de que, frente a la errónea creencia general, se trate de una enfermedad poco contagiosa. Así, se estima que un individuo con el sarampión, también de origen vírico, puede contagiar la enfermedad a unas dieciocho personas de media. Un nivel de contagio similar al del sarampión presenta una infección bacteriana como la tosferina, pero un enfermo de ébola tan solo será capaz de transmitir la enfermedad a una o, con mala suerte, a dos personas.
El objetivo de cualquier virus es propagarse por una población, y para ello necesita que el individuo infectado sea capaz de transmitir nuevos virus a sus congéneres sanos, cuyas células servirán de fábricas en las que crear nuevas copias del patógeno. Así actúa el virus del herpes, el de la hepatitis e incluso el del sida; la estrategia de mantener largo tiempo con vida al hospedador infectado permite a los virus utilizarlo como perenne plataforma de lanzamiento hacia otras posibles víctimas y sostener largo tiempo la epidemia. Pero a diferencia de estos virus más clásicos, el ébola no parece respetar los tiempos de una infección normal, y se replica a gran velocidad en un breve lapso de tiempo. De esta forma los daños que produce en el enfermo son de tal magnitud que rápidamente lo conducen a la muerte, limitando así las posibilidades de contagio y disminuyendo el riesgo de propagación del virus. La trasmisión del virus del ébola solo se produce por contacto directo con ciertos fluidos que contienen elevados niveles del parásito, como los vómitos, la sangre, la saliva o el sudor, y siempre en estadios muy avanzados de la enfermedad, cuando el individuo se encuentra muy debilitado y, generalmente, postrado en la cama. Este es el motivo por el que sus víctimas potenciales se encuentran entre las personas que cuidan y tratan al enfermo en esta última fase: la familia y el personal médico. Pero también es la causa de que, frente a la errónea creencia general, se trate de una enfermedad poco contagiosa. Así, se estima que un individuo con el sarampión, también de origen vírico, puede contagiar la enfermedad a unas dieciocho personas de media. Un nivel de contagio similar al del sarampión presenta una infección bacteriana como la tosferina, pero un enfermo de ébola tan solo será capaz de transmitir la enfermedad a una o, con mala suerte, a dos personas.
No
obstante, y a pesar de su bajo nivel de trasmisión, lo cierto es que el ébola
es una enfermedad mortal para la que todavía no hay un tratamiento específico,
y la recuperación del enfermo depende de la resistencia que su sistema inmune
sea capaz de oponer al avance del virus. Aunque en la actualidad se está
trabajando en el desarrollo de dos vacunas diferentes que podrían inmunizar a
la población frente a ciertas variantes de estos virus, la realidad es que por
ahora no existe un tratamiento efectivo.
La actual epidemia de ébola tuvo su origen en diciembre del
año pasado en una pequeña aldea situada en Guinea, al oeste del continente
africano, cuando un niño de tan solo dos años fallecía debido a la infección
del virus. ¿Cómo llegó el chiquillo a infectarse con el patógeno? La verdad es
que este hecho es por ahora un misterio, pero los científicos creen que el virus
que provoca la fiebre hemorrágica del ébola se oculta en el interior de unos
pequeños mamíferos alados que gustan de comer frutas maduras. Cuando otros
animales, fundamentalmente gorilas y chimpancés en competencia por los frutos
de los árboles, entran en contacto con el murciélago portador pueden infectarse
y propagar la enfermedad. Un mordisco, un arañazo o algo tan simple como
consumir una fruta que anteriormente ha sido catada por el murciélago puede
transmitir el virus al primate. Independientemente de cómo el virus pudiera
llegar hasta el infante, la realidad es que con su muerte y la de sus
familiares y vecinos, el patógeno consiguió algo que hasta entonces le había
estado vetado: el acceso a los grandes núcleos urbanos. Una gran población de
cuerpos a los que parasitar junto con nulas medidas de prevención facilitaron
la propagación del ébola, alcanzando niveles hasta ahora desconocidos.
La
epidemia de ébola continúa pero, acudiendo al frío y racional análisis
científico sobre la naturaleza del virus, lo más probable es que en un tiempo esta
epidemia termine y la mente humana, acostumbrada a vivir al día, también lo
olvide. Sin embargo hay una enseñanza que debemos sacar de lo que sin duda es
una tragedia para muchos seres humanos, y es que el ébola, más allá de las
muertes que produce y del terror que su sola mención evoca, no es más que otra
enfermedad que no se puede vencer desde el miedo y el rechazo, sino desde la
razón, la investigación y el conocimiento.
Artículo publicado en El Diario de Ávila

