sábado, 4 de julio de 2015

Ébola

É-B-O-L-A

En ocasiones una simple palabra, tan solo una sencilla y aleatoria combinación de letras inicialmente carente de significado, puede instalarse en el irracional imaginario colectivo de toda una sociedad y generar un miedo que trascienda más allá del hecho real al que describe. Sin duda, el temor ante lo incomprensible, la desconfianza ante lo desconocido, no es sino una característica intrínseca a la propia naturaleza humana que con frecuencia nos ha sido muy útil para la supervivencia como especie. Sin embargo, en otros muchos casos, el terror irracional se comporta como un pesado lastre que nos aleja del pensamiento lógico y nos arrastra, situándonos junto al resto de animales, hacia las conductas instintivas más básicas. Sin los atenuantes del terror que en muchos de nosotros provoca la sola mención del ébola y del desconocimiento de qué y cómo se desarrolla esta enfermedad, sería muy difícil entender que el hombre renuncie a su pensamiento racional, a su empatía y a su solidaridad. Tan difícil como comprender que en el aeropuerto de una ciudad catalogada como del “primer mundo” se deje agonizar lentamente a un semejante, o que las familias de un colegio estigmaticen a unos niños por el hecho de que sus progenitores hayan atendido a una persona afectada por la enfermedad. Afortunadamente el propio ser humano ha encontrado un antídoto adecuado capaz que apaciguar y dotar de cierta coherencia a muchos de estos temores irracionales: el análisis científico.

Aunque la palabra ébola parezca una adquisición muy reciente de nuestro vocabulario en realidad la enfermedad se conoce desde hace ya casi cuarenta años. Durante el año 1976 se originaron dos epidemias casi simultáneas en el continente africano que, ocasionando una mortalidad superior al 70%, terminaron con la vida de 434 personas. Hecho que no solo constituyó una espectacular carta de presentación para el ébola sino que además lo encumbró como una de las enfermedades infecciosas más mortíferas para el ser humano. El causante de tan terrible enfermedad es un virus, un ente microscópico situado en el estrecho límite que separa a los seres vivos de la materia inerte, y cuyas limitaciones para auto-replicarse lo han dirigido de forma inexorable hacia el parasitismo. Un virus posee las instrucciones para fabricar más virus, pero carece de los materiales y de la maquinaria para poder hacerlo, así que no tiene más remedio que infectar a una célula. La célula infectada utiliza sus propios recursos para hacer copias del virus que la parasita, y paga con su vida la involuntaria osadía de ayudar al patógeno.  

Varias han sido las epidemias de ébola conocidas desde su dramática aparición a mediados de los años setenta, mostrando siempre un curioso patrón. La enfermedad se manifiesta de forma brusca e intensa, afecta en muy poco tiempo a muchos individuos de una población concreta, y se esfuma tan repentinamente como apareció. Los investigadores han encontrado una posible explicación a tan peculiar comportamiento: básicamente el virus del ébola ¡“muere” de éxito!

El objetivo de cualquier virus es propagarse por una población, y para ello necesita que el individuo infectado sea capaz de transmitir nuevos virus a sus congéneres sanos, cuyas células servirán de fábricas en las que crear nuevas copias del patógeno. Así actúa el virus del herpes, el de la hepatitis e incluso el del sida; la estrategia de mantener largo tiempo con vida al hospedador infectado permite a los virus utilizarlo como perenne plataforma de lanzamiento hacia otras posibles víctimas y sostener largo tiempo la epidemia. Pero a diferencia de estos virus más clásicos, el ébola no parece respetar los tiempos de una infección normal, y se replica a gran velocidad en un breve lapso de tiempo. De esta forma los daños que produce en el enfermo son de tal magnitud que rápidamente lo conducen a la muerte, limitando así las posibilidades de contagio y disminuyendo el riesgo de propagación del virus. La trasmisión del virus del ébola solo se produce por contacto directo con ciertos fluidos que contienen elevados niveles del parásito, como los vómitos, la sangre, la saliva o el sudor, y siempre en estadios muy avanzados de la enfermedad, cuando el individuo se encuentra muy debilitado y, generalmente, postrado en la cama. Este es el motivo por el que sus víctimas potenciales se encuentran entre las personas que cuidan y tratan al enfermo en esta última fase: la familia y el personal médico. Pero también es la causa de que, frente a la errónea creencia general, se trate de una enfermedad poco contagiosa. Así, se estima que un individuo con el sarampión, también de origen vírico, puede contagiar la enfermedad a unas dieciocho personas de media. Un nivel de contagio similar al del sarampión presenta una infección bacteriana como la tosferina, pero un enfermo de ébola tan solo será capaz de transmitir la enfermedad a una o, con mala suerte, a dos personas.

No obstante, y a pesar de su bajo nivel de trasmisión, lo cierto es que el ébola es una enfermedad mortal para la que todavía no hay un tratamiento específico, y la recuperación del enfermo depende de la resistencia que su sistema inmune sea capaz de oponer al avance del virus. Aunque en la actualidad se está trabajando en el desarrollo de dos vacunas diferentes que podrían inmunizar a la población frente a ciertas variantes de estos virus, la realidad es que por ahora no existe un tratamiento efectivo.


La actual epidemia de ébola tuvo su origen en diciembre del año pasado en una pequeña aldea situada en Guinea, al oeste del continente africano, cuando un niño de tan solo dos años fallecía debido a la infección del virus. ¿Cómo llegó el chiquillo a infectarse con el patógeno? La verdad es que este hecho es por ahora un misterio, pero los científicos creen que el virus que provoca la fiebre hemorrágica del ébola se oculta en el interior de unos pequeños mamíferos alados que gustan de comer frutas maduras. Cuando otros animales, fundamentalmente gorilas y chimpancés en competencia por los frutos de los árboles, entran en contacto con el murciélago portador pueden infectarse y propagar la enfermedad. Un mordisco, un arañazo o algo tan simple como consumir una fruta que anteriormente ha sido catada por el murciélago puede transmitir el virus al primate. Independientemente de cómo el virus pudiera llegar hasta el infante, la realidad es que con su muerte y la de sus familiares y vecinos, el patógeno consiguió algo que hasta entonces le había estado vetado: el acceso a los grandes núcleos urbanos. Una gran población de cuerpos a los que parasitar junto con nulas medidas de prevención facilitaron la propagación del ébola, alcanzando niveles hasta ahora desconocidos. 
La epidemia de ébola continúa pero, acudiendo al frío y racional análisis científico sobre la naturaleza del virus, lo más probable es que en un tiempo esta epidemia termine y la mente humana, acostumbrada a vivir al día, también lo olvide. Sin embargo hay una enseñanza que debemos sacar de lo que sin duda es una tragedia para muchos seres humanos, y es que el ébola, más allá de las muertes que produce y del terror que su sola mención evoca, no es más que otra enfermedad que no se puede vencer desde el miedo y el rechazo, sino desde la razón, la investigación y el conocimiento.

Artículo publicado en El Diario de Ávila

El extraño caso del pene menguante



Siempre he tenido claro que hay ciertos temas que atraen a cualquier individuo, por pasota o indiferente que este pueda parecer. En una clase llena de adolescentes distraídos, entre los efluvios etílicos de la barra de un bar e incluso en los escaños del Congreso mientras sus señorías juegan al Apalabrados o redactan la lista de la compra, no hay como mencionar alguna palabra relacionada con el sexo para que todos se callen y centren su atención en el orador. Así que siendo consciente de este detalle tan humano he decidido abrir este blog sobre divulgación científica hablando del pito, del pene, del ciruelo, del cipote... -podría continuar largo rato pues no conozco otra estructura de la anatomía humana con tantos sinónimos como los que tiene el órgano copulador masculino- para atraer la atención de todos aquellos navegantes distraídos y despistados que andan curioseando por la red en busca de dios sabe qué. 

De esta forma la primera historia con la que quiero iniciar este blog trata sobre nuestro pene, o más concretamente sobre el pene de, digamos, un conocido mío.

Conocí a Aníbal en el segundo curso de la universidad, ambos estudiábamos, o al menos eso pensaban en nuestras casas, la licenciatura en farmacia. La verdad es que durante esos años aprendimos muchísimo sobre compuestos químicos, pero fundamentalmente fuera de las aulas de la facultad. Podría decirse que éramos expertos en ciertas sustancias, aunque ese año no recuerdo con claridad si aprobamos alguna asignatura. Por aquel entonces solíamos quedar con toda la panda en el parque de al lado del río, y sentados en el césped, entre litrona y litrona, fumarnos algún porrito de la maría que un amiguete cultivaba en la terraza de la casa de su abuela. Había que ver que lozanas tenía la señora las plantas que le había regalado su nietecito, creciendo entre los geranios y las petunias. Pero volviendo al tema, en una de esas noches en el parque, después de fumarse los canutos de rigor y con la vejiga a punto de estallar, Aníbal se dirigió hacia unos setos para orinar. Unos chillidos desgarradores me arrancaron abruptamente del nirvana en el que me encontraba sumido, y corrí, corrí como alma que lleva el diablo a socorrer a mi amigo.

Aníbal se encontraba en el suelo, con los pantalones medio bajados y las manos a la altura de la bragueta. ¡Se la ha pillado con la cremallera! -pensé horrorizado, imaginando una de las peores pesadillas que puede tener un hombre-. Como buen colega me armé de valor y mirando de reojo, con más miedo que vergüenza, o al revés, trate de apartarle las manos para bajar la bragueta y liberar a su pequeño tesoro. Pero cuál fue mi sorpresa cuando vi que el pantalón no tenía cremallera, ¡era de botones!, y mi amigo no tenía el pito atascado, sino que, todo lo contrario, tiraba con sus dos manos de él como si quisiera arrancárselo. No paraba de gritar y de pedir ayuda, pero no tenía ni idea de qué le pasaba, ¡le habrá picado un bicho! -pensé-, claro, ¡será gilipollas!, por ir a mear detrás de los arbustos, que Dios sabrá que bichos se esconden ahí. 

Pero no, la cosa era muy diferente, mi amigo pensaba que su pito ¡¡estaba menguando!!, vamos que se estaba encogiendo. Pero no como cuando te duchas con el agua fría porque la caldera se ha vuelto a estropear, sino que sentía que su pilila se le estaba introduciendo en el abdomen, como la cabeza de una tortuga asustada lo hace en su caparazón. Y por ello tiraba y tiraba de ella con todas sus fuerzas, aunque en mi opinión la tenía como siempre, pequeñita, pero como siempre.

Aquel inolvidable -sobre todo para Aníbal por el cachondeo diario que tuvimos hasta que finalmente terminamos la carrera y no volvimos a vernos- episodio surrealista que en principio asociamos a un efecto secundario de la marihuana, resulta que aparece reflejado en la literatura científica, incluso en el Manual diagnóstico y estadístico de los trastornos mentales en su cuarta versión (DSM-IV) y se conoce como Síndrome de Koro.

El individuo que presenta este síndrome cree, erróneamente, que su pene se está retrayendo, introduciéndose poco a poco en su abdomen, y mantiene la creencia de que finalmente llegará a desaparecer, lo que le provocará la muerte. Como nos podemos imaginar estas extrañas percepciones generan en el individuo tremendos ataques de ansiedad y de pánico, y que, como le sucedía a mi amigo Aníbal, traten de agarrase el pito con mayor insistencia de lo habitual, e incluso cuelguen de él objetos pesados para evitar su retracción hacia el abdomen. 
El Síndrome de Koro también, aunque con mucha menor frecuencia, se puede manifestar en las mujeres, aunque, obviamente, la retracción del pene no forma parte de la sintomatología. En las mujeres son los pechos, los pezones e incluso la vulva los órganos que tienen el curioso capricho de desaparecer ante la horrorizada mirada de su poseedora.

Habitualmente el Síndrome de Koro se presenta de forma aguda, desapareciendo en poco tiempo, antes de que, imaginariamente, lo haga el pito del individuo. Sin embargo, en la literatura científica se han constatado episodios donde estas percepciones se vuelven crónicas y, en este caso, el pronóstico no es tan favorable.

Desde luego esta alteración mental no es ni mucho menos habitual; es más, durante años se pensó que solo determinadas etnias manifestaban este síndrome, de tal forma que incluso en los libros de psicología aparecía recogido dentro de los denominados “síndromes culturales”. Los pueblos de China, Tailandia y en general del sudeste asiático eran los más propensos a manifestar estas extrañas percepciones, pero actualmente sabemos que en Africa, Europa e, incluso, en los Estados Unidos de América se han relatado también episodios, poco frecuentes, de penes huidizos. 

Las causas que producen esta extraña percepción son múltiples y de naturaleza muy diversa. Puede suceder que un comportamiento sexual que vaya en contra de las profundas creencias del individuo genere un episodio de estrés y ansiedad que desencadene el síndrome; pero también se conocen casos en el que otras enfermedades mentales, tumores cerebrales e incluso el consumo de algunas drogas, como la marihuana a la que tan aficionado era Ánibal, han sido responsables de la manifestación de la sintomatología característica del Síndrome de Koro. 

Después de todo lo que hemos conocido sobre el síndrome del pene menguante parece que no haya nada que pueda sorprendernos aún más, pero la realidad es que hay un aspecto de este síndrome que resulta todavía más curioso y desconcertante, y es que este síndrome ¡¡es contagioso!! 

Sí, habéis leído bien, una alteración mental que no es provocada por patógeno alguno se puede contagiar, y propagarse de forma epidémica en poco tiempo por toda una población, una curiosa población de señores con pililas huidizas.

Así en Tailandia a finales del año 1976 más de 2.000 hombres colapsaron los hospitales de varias ciudades del norte del país con ataques de pánico provocados por la percepción de que sus penes estaban encogiendo y buscando cobijo dentro de su abdomen. Parece que este episodio de histeria colectiva se debía al rumor de que inmigrantes vietnamitas habían contaminado la comida y el tabaco con alguna extraña sustancia química capaz de retraer el pene e impedir a los pobres tailandeses procrear con sus parientas. Pero este episodio de historia colectiva y penes menguantes no fue el primero ya que casi diez años antes otra epidemia de Koro asoló a algunas zonas rurales de Singapur cuando en ellas se extendió el rumor de que el consumo de carne de cerdo provocaba la retracción de los genitales masculinos.

Así que queridos lectores del género masculino, cuando alguna chavalita inmisericorde os diga que la tenéis pequeñita podéis aconsejarla que visite a un psiquiatra porque seguro que es ella la que está manifestando un grave y agudo episodio del Síndrome de Koro, porque desde luego nuestra pilila es de lo más normalita... tirando a grande.


Referencias bibliográficas

Buckle, C., Chuah, L., Fones, C. y Wong, A. (2007).A conceptual history of Koro. Transcultural Psychiatry, 44:27, 27-43.

Earleywine, M. (2001). Cannabis-induced Koro in Americans. Addiction, 96, 1663-1666.

Fishbain, D., Barsky, S. y Goldberg, M. (1989). Koro (Genital retraction syndrome). American Journal of Psychotherapy,1, 87-91.


Nilamadhab, K. (2005) Chronic Koro-like symptoms – two case reports. BCM Psychiatry, 5:34.